Falta Identidad III
Para los años 50’s, Pérez Jiménez comienza un plan de inmigración selectiva con la intención de poblar a Venezuela con gente que trae oficio, para impulsar de nuevo el agro, que había sido abandonado por los campesinos para buscar los beneficios de las empresas petroleras, y para también impulsar la construcción. Estos trajeron sus costumbres y se agruparon para mantenerlas. Y como fueron los que se adueñaron del comercio, nos acostumbraron a comer más manzanas que merey, más peras que caimitos, más ciruelas que semeruco. Era más fácil conseguir frutas importadas en los mercados que frutas autóctonas, pues no se había fomentado la producción comercial ni se había promocionado su consumo.
La curiosidad que producen sus costumbres, el hecho de que ellos son los que toman el liderazgo del comercio de comestibles y de restaurantes, hace que vayamos olvidando muchas de nuestras costumbres y nuestros platos. Pareciera que la nuestra no fuera digna de entrar en el mundo de la alta cocina. Hay muy pocos restaurantes que en verdad resaltan nuestras recetas propias. De hecho, al venezolano le cuesta pagar caro por comida criolla. Y muy poca gente decide vestirse de gala para ir a comer en un restaurante que se especialice en comida criolla. Esos sitios normalmente son de corte informal.
Y menos aún hemos sido capaces de exportarla. Una de las razones más importantes, no se puede negar, es que el venezolano no había sido emigrante. Ese fenómeno se ha dado de manera significativa solamente en los últimos años. Obviamente, una gran concentración de miembros de un mismo gentilicio crea un mercado natural para un restaurante que ofrezca comida típica del país en referencia. Pero esa no es la única causa. Los franceses no tienen grandes colonias de sus paisanos en ninguna parte de América –exceptuando la grandemente despoblada Guayana Francesa y alguna isla del Caribe- y sin embargo su cocina es conocida mundialmente. Así mismo, la comida mexicana.
Un gran amigo arguye que los venezolanos que han emigrado recientemente no sienten la necesidad perentoria de crear centros venezolanos en sus ciudades adoptivas porque se ha dado en una época y con unas características que diferencia la situación de los emigrantes de épocas anteriores. Por un lado, los venezolanos de reciente emigración son, en una gran mayoría, personas de alto nivel de educación y/o de poder adquisitivo elevado, lo que permite mantener el cordón umbilical con Venezuela retornando con frecuencia y no necesitar satisfacer sus necesidades venezolanas en sus nuevos lugares de residencia. Y por otro lado, la reducción de los costos de transporte y telecomunicaciones (boletos aéreos, teléfono, internet) hace muy asequible mantener el contacto casi diario con su país de origen. Sea física o virtualmente.
Aunque le consigo méritos al argumento, aún pienso que prevalece la naturaleza de la idiosincrasia del venezolano para no crear esos centros de preservación y difusión de la cultura venezolana en el extranjero. Una idiosincrasia que subestima esas costumbres por sentirlas poco dignas de resaltarlas al percibirlas como menos relevantes que las de otras regiones.
A todas estas, esos inmigrantes con su indiscutible capacidad de trabajo y con el oficio que traían se convierten en empresarios líderes del país. Y entonces refuerzan la idea subliminal de que los extranjeros son mejores que los venezolanos. Que lo de afuera es mejor. De hecho, “importado” llegó a ser un adjetivo con acepción intrínseca de “mejor que lo hecho en Venezuela”. Así viniera de centros de producción de baja calidad de Asia oriental. Lo que nunca tuvo una asimilación fue el hecho de que el éxito se debió a la capacidad de trabajo, el sentido de responsabilidad y la constancia con que esos extranjeros afrontaron sus proyectos.
La presencia de inmigrantes es tan pronunciada en el país que, por ejemplo, casi la mitad -18 de 37- de mis compañeros de promoción de bachillerato son hijos de extranjeros: Colombianos, Peruanos, Españoles, Italianos, Portugueses, Puertorriqueños.
Otro factor que coadyuvaba a que no tuviéramos una identidad común a lo largo y ancho del país, que nos unificara en nuestro gentilicio, era la falta de facilidades de transporte y medios de comunicación. No es hasta la mitad del siglo XX que se empiezan a construir la red de carreteras que ahora, a pesar de lo deterioradas, unen a toda la nación. Así mismo, el transporte aéreo comienza a utilizarse con gran intensidad a partir de los años 60s. Las redes telefónicas que permiten el discado directo nacional e internacional empiezan a funcionar a mediados de la misma década. La televisión se empieza a ver en una gran parte del país también en ese tiempo.
Todo lo anterior permite, por fin, un intercambio comercial y cultural entre las diferentes regiones del país –el Zulia, los Andes, los Llanos, Oriente, Guayana, el Centro-Norte y las Costas- que guardaban unas características individuales tanto en sus comidas como en sus variaciones lingüísticas y ciertas costumbres. Pero al tiempo que se empezaron a intercambiar esas manifestaciones culturales, ellas se vieron opacadas por las de los inmigrantes y terminaron en su gran mayoría casi desapareciendo.
Y luego, cuando llega la gran bonanza petrolera al momento que por el destino confluyen la decisión del gobierno de Carlos Andrés Pérez de nacionalizar la industria petrolera con los problemas del Medio Oriente, los venezolanos, en vista de que nuestros propios capitales no crean una infraestructura atractiva para el turismo, que no crean un parque industrial para producir bienes y servicios que atrajeran al consumidor, se vuelcan a hacer turismo en el extranjero –el efecto mayamero- lo que produce una importación mayor de cultura extranjera.
Encima, esa misma bonanza permitió cubrir la escasez de cupos en las universidades nacionales otorgando becas para ir a estudiar al extranjero. Una buena cantidad de los beneficiarios se quedaron en los países donde estudiaron, y los que regresaron, trajeron una buena dote de costumbres nuevas.
Si se toma en cuenta que ya de base no había un amor fuerte por el país, toda esta oleada de situaciones alienantes que se volcaron sobre Venezuela durante todo el siglo XX, hicieron que se sembrara en la mente de la mayoría de los venezolanos que “lo venezolano” no es atractivo, que no tenemos mayores razones para sentirnos orgullosos y querer mantener nuestras costumbres donde quiera que estemos. No intentamos venderle Venezuela a los foráneos. Tenemos una tendencia más bien de adoptar sus culturas, sus costumbres, sus comidas, su música.
Estoy claro en que estas impresiones no son aplicables a todos y cada uno de los venezolanos. Y es muy posible que haya omitido algunos otros factores que inciden en el hecho de que no tengamos una identidad fuerte. Pero considero que éstas son las principales y más evidentes causas que produjeron ese efecto.
¿Hay maneras de modificar todo esto? Si. Un cambio en las directrices educativas ayudaría muchísimo. En los programas de educación primaria y secundaria no se hace suficiente énfasis en resaltar y engrandecer lo venezolano. Aunque se resaltan los logros de los héroes de la independencia, también se comete el error de endiosarlos de tal manera de que los colocamos en una posición distante que los mantiene lejos del alcance de los ciudadanos corrientes. Los venezolanos no se identifican realmente con sus próceres, no los conocen a fondo. Y aparentemente no les interesa mucho conocerlos. Y creo que esa falta de interés nace de ese endiosamiento mal dirigido. Cuando en un país se castiga con “planazos” en el mismo estrado a un artista extranjero que trata de hacer un halago a su público venezolano interpretando su himno nacional con su instrumento que no es parte de la tradicional banda marcial, yo concluyo que hay una mala interpretación de lo que es el respeto a los símbolos patrios, y por extensión, a los protagonistas de nuestra historia independentista.
Otra iniciativa debería venir de los medios de información de masas. Los medios impresos, la televisión y la radio deberían asumir su parte en lograr que lo venezolano se vea resaltado. Ellos son los expertos en lograr crear un aura de grandeza alrededor de cualquier producto o persona. Pero nunca lo han intentado con la tenacidad necesaria, utilizando todas sus habilidades para lograrlo.
Pero, de nuevo, el factor más importante es la responsabilidad que cada uno de los venezolanos debería asumir individualmente. Cada uno debería tomarse el trabajo, que eventualmente se convertiría en gusto, de aprender sobre su historia y su legado cultural. Y así mismo procurar dar esa enseñanza a sus hijos.
Entre las costumbres más dañinas que tiene la cultura venezolana son las iniciativas destructivas que tienen los políticos referentes a sus contrincantes y sus obras. Uno de los casos más patéticos fue la actitud asumida hacia las obras comenzadas y realizadas por la dictadura de Pérez Jiménez. Nadie puede negar que desde el punto de vista de ingeniería son obras magníficas, pero por ser un símbolo de lo que los partidos “democráticos” querían hacer olvidar, pues decidieron no darles continuidad ni mantenimiento. Maniobra que produjo un gran daño al patrimonio del país y que, en algunos casos, retrasó la creación de infraestructura indispensable para proseguir con el desarrollo del país. Esa manera de asumir la “guerra política”, muy lejos de resaltar las virtudes del país, ayuda más bien a desaparecerlas o, por lo menos, a disminuirlas.
Hasta aquí hablé del impacto de las inmigraciones, las culturas extranjeras y nuestra propia hitoria en nuestra percepción de "lo venezolano". En mi próxima entrega escribiré sobre como el venezolano asume su vida política y las consecuencias que ello ha tenido para que Venezuela esté en la situación que tiene actualmente.
